¡Ah, si me besaras con los besos de tu boca!

(Cantares 1: 2).

Basta con encender la radio para que en menos de un minuto encontremos decenas de canciones que hablan del amor, pero lamentablemente, casi todas, enfocándose en el despecho. Es como si el consumo popular no diera para exaltar la parte positiva, el romance.

Canciones como “La Felicidad” del cantautor argentino Palito Ortega parecieran quedar en desuso y sonar cursis: “Antes nunca estuve así enamorado, no sentí jamás esta sensación, la gente en las calles parece más buena, todo es diferente gracias al amor. La felicidad, de sentir amor, hoy hace cantar a mi corazón. La felicidad, me la dio tu amor, hoy vuelvo a cantar, gracias al amor”.

Cuando se lee en la Biblia el libro El Cantar de los Cantares, nombre que es un hebraísmo y que significa el más hermoso de todos los cantos, lo que apreciamos es romanticismo del bueno, galanteo y coqueteo entre el Rey Salomón y su esposa, la Sulamita. Aunque proyectando este cuadro escatológicamente ellos están tipificando a Cristo y su novia, la iglesia cristiana. No obstante, sin perder de vista el romance, esta especie de ópera, que tiene seis cánticos repartidos en ocho capítulos, nos pone en escena al amado, la amada, sus amigos y un coro de mujeres de Jerusalén. Allí lo esposos se declaran amor mutuo, admiración, ternura y pasión. ¡Qué buena lección para los matrimonios de hoy, los cuales se formalizan haciendo un pacto ante Dios y firmando un contrato conyugal ante las leyes civiles!

El matrimonio no fue diseñado para matar el amor, sino para darle un marco en el que se pueda desarrollar y expresar libre y sinceramente. Es un espacio en el que los contrayentes prometen no dejarse por ningún motivo y no abandonar la nave por más difíciles que sean las circunstancias. Es una empresa y una relación fundada para crecer juntos. Es un pacto de sangre, la sangre que derrama la virgen al consumar el matrimonio; sangre como la del pacto de Cristo con la iglesia, la cual se recuerda en la Santa Cena, pues con ella selló el Nuevo Pacto de Dios con el hombre para poder salvarlo.

Cuando un hombre se casa con la mujer de sus sueños le está prometiendo que jamás la abandonará ni a ella ni a sus hijos. Que su dinero, compañía, ternura, caricias y todo su cuerpo serán propiedad exclusiva de ella hasta que la muerte los separe. Y claro, la mujer promete exactamente lo mismo. Es por ello que ni la más sensual secretaria, ni el más hermoso de los vecinos, ni la más antipática de las suegras, ni el más fastidioso de los hijos, ni la más cruel de las crisis económicas o enfermedades, podrán impedir que marido y mujer se sigan amando. Tampoco ningún fuego de hechicería podrá apagar ese amor. Ni siquiera las imperfecciones de ambos.

Lo que el Señor desea es que marido y mujer se sigan amando aún en la vejez. Que se sigan deseando, que se besen, que se emocionen bailando juntitos, que se miren, que se coqueteen, que se acaricien y que disfruten el santo placer conyugal. Además les ordena respetarse, tolerarse, perdonarse, acompañarse, congregarse, orar, leer la Biblia y adorarlo en espíritu y en verdad.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.