(Romanos 8:26).

Imagínate que un sobrino de tres años te envía una carta en la cual te dice: “Apreciado tío, es para mí un inmenso placer poder escribirte estas breves líneas y expresarte a través de ellas mi afecto y mis saludos en estas fechas especiales. Espero muy pronto ir a visitarte y compartir contigo unos buenos momentos de compañerismo. Saludos por casa. Tu sobrino que te recuerda siempre.”

Con toda seguridad que nadie deberá explicarte que esa misiva no fue redactada por tu sobrino, sino por un adulto. En cambio, si recibes una carta con unos garabatos de colores y en la parte inferior una nota de su mami diciendo que ellos fueron hecho por el pequeño, lo más seguro es que sí lo creas. Y no sólo eso, sino que tomarás ese papel y lo pegarás en la puerta de tu refrigerador para estarlo viendo, ya que tiene un mayor contenido sentimental que la carta del ejemplo anterior.

Igual sucede con las oraciones que dirigimos a Papá Dios. Para Él son más preciosas cuando éstas nacen de nosotros, cuando surgen espontáneamente en nuestro corazón, en lugar de copiarlas de un poeta o recitarlas de un libro.

La oración no es para impresionar a Dios con palabras rebuscadas y expresiones refinadas. Tampoco es un examen de teología u oratoria. Menos aún es un recurso para convencerlo de algo que Él ya sabe de nosotros antes que se lo digamos. La oración es para conectar nuestro corazón con el suyo, es para vivir y disfrutar de un tiempo de intimidad espiritual con Él.

Pero, ¿y qué hacemos en aquellos momentos en que no sabemos qué decir? ¿O no sabemos qué pedir? ¿O no sabemos cómo verbalizar lo que está muy dentro de nuestro corazón? ¿O nos da pereza hacer el ejercicio de hablarle a alguien que es invisible pero que creemos por la fe que nos está escuchando?

Lo que debemos hacer es acudir al Espíritu Santo, el cual, dentro de su misión de ayudar al cristiano, nos capacitará para que podamos hacer uso de la oración de manera eficiente.

El apóstol Pablo les explica a los cristianos de Roma que el Espíritu Santo es el que les ayuda en sus debilidades al momento de orar, pues Él intercede ante el Padre desde dentro de ellos mismos, usándolos a ellos mismos.

No se trata de reemplazarlos en sus plegarias mientras ellos se van a dormir, no. Se trata de que el Espíritu Santo haga sus plegarias desde dentro de ellos mismos y con destino al Padre Celestial.

La oración que agrada al Padre es aquella que nace en el corazón del mismo Padre, luego el Espíritu Santo la pone en el corazón y en los labios del cristiano, y finalmente Jesucristo la lleva de nuevo al Padre. Esta oración nació en el Padre y volvió al Padre.

Entonces, cuando no puedas decir ni pío, no te portes como un impío negándote a orar, por el contrario, permítele al Espíritu Santo que tome el control de tu corazón y de tus labios y deja que Él interceda desde tu mismo interior, hasta con gemidos indecibles.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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