Cuidado con los cristianos descuartizadores.

(Romanos 12: 4-5; 1 Corintios 12:12, 26, 27).

Decir que un cristiano puede ser un descuartizador suena macabro, tétrico, como para película de terror, pero ese es el nombre que se le da a aquel que desmembra un cuerpo, y el “Cuerpo de Cristo” es su iglesia.

Y cuando alguien se niega a hacer parte de ella y a congregarse, es ni más ni menos que eso, un descuartizador, pues es un miembro que se separa del cuerpo y lo deja desmembrado.

Hacerse cristiano significa nacer de nuevo por la obra regeneradora del Espíritu Santo. No es asistir a reuniones de culto o abrazar una religión. Es pasar de muerte a vida, de oscuridad a luz, de condenación a salvación, de enemigo de Dios a hijo de Dios y de criatura de vida independiente a miembro interdependiente de un cuerpo que se llama iglesia de Cristo.

La iglesia, según la Biblia, no es un invento de la humanidad, ni es una asociación religiosa con personería jurídica, ni tampoco un edificio para celebrar cultos. La iglesia es la agrupación de los hijos de Dios en el planeta tierra que hacen parte de una unidad llamada “Cuerpo de Cristo” y que es comandada por Él mismo.

La iglesia cristiana surge a partir del día de Pentecostés, hace cerca de dos mil años, y se extenderá hasta que el mismo Señor venga por ella para llevársela al cielo a “las Bodas del Cordero”. Y estas bodas son en sentido figurado el matrimonio de Cristo,  quien es “el cordero”, con su iglesia,  quien es “su esposa”.

La palabra iglesia proviene del griego Ekklesia que a su vez viene de dos raíces que son: Ek, que se traduce fuera de, y Klesis que es llamamiento. La iglesia es entonces una asamblea, una congregación de personas que han sido llamadas a estar fuera del sistema de este mundo para pertenecer a un cuerpo exclusivo que es el “Cuerpo de Cristo”.

Y al “Cuerpo de Cristo”, o iglesia, sólo se puede llegar a través del nuevo nacimiento espiritual. Todo cristiano debe hacer parte de la iglesia, pues de otra manera sería un desobediente y descuartizador.

Y se debe pertenecer no sólo a la iglesia en el planeta tierra, sino a una iglesia local de sana doctrina, de las que hay en cada ciudad y en la que cada uno puede dar y recibir de cada miembro como en cualquier cuerpo. Y cuidado, no esperes una iglesia perfecta, porque no la hay, ya que ni tú eres perfecto ni la iglesia es perfecta.

La iglesia y tú serán perfectos algún día, cuando estén en el cielo, pero por lo pronto aún siguen en la tierra, donde hay imperfección. Así es que jamás se te ocurra argumentar que no vas a ninguna iglesia, o que te las pasas brincando de una a otra, porque en todas has visto cosas que te desagradan. La iglesia es un grupo de santos en construcción, personas redimidas por Cristo que están en el proceso del perfeccionamiento, y allí encajamos tú y yo.

Debes entonces orar para que Dios te confirme a cuál cuerpo debes unirte para ser un miembro que sirve y es servido por los demás. Esa es la voluntad del Señor.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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