Deja que el viñador te levante

(Juan 15:1-2; Efesios 5:30; Romanos 8:38-39; Romanos 14:4).

El refrán popular dice que del árbol caído todo mundo hace leña. Otro en el mismo sentido reza que al caído, caerle. Y en pocas palabras lo que señala la sabiduría callejera es que cuando alguien se tropieza o anda en mala racha, difícilmente encontrará a una buena persona que en lugar de aprovecharse de su estado de indefensión le tienda una mano y le ayude. Un sabio consejo es que si alguien se siente que anda gordo, hinchado y con paperas, nada mejor que aferrarse de la mano de Dios, de quien el Salmo 46 en la Biblia dice que es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Él está dispuesto a levantarnos, no a terminar de rematarnos.

Jesucristo, quien se crió en una cultura vitivinícola y conocía muy bien el cultivo de la uva y el arte de la producción de vinos, usó como figura una vid para enseñar a su auditorio cómo es que Dios cuida de sus hijos para que sean productivos en términos espirituales. Él se comparó con la vid y dijo que su Padre celestial era el viñador. Por otra parte a sus hermanos espirituales, que somos los cristianos, nos ubicó como pámpanos, es decir, como las ramas que dependen de la vid para tener su vida, sus nutrientes y llegar a florecer y fructificar. Pero puede suceder que una rama no sea fructífera, o lo sea en poca proporción, por lo cual el viñador en lugar de quitar ese pámpano, lo levanta. Inclusive lo amarra con hilos y hasta le pone algodones. Y si el fruto es escaso, entonces lo limpia para que lleve más. Es un trabajo que demuestra que el labrador cuida con esmero la vid, en lugar de maltratarla.

Cuando leemos la Biblia en castellano encontramos que en el versículo dos de Juan 15 dice que el viñador quita o corta el pámpano que no da fruto. Pero si vamos al idioma griego en el cual se escribió originalmente este texto hallamos que el vocablo que se ha traducido por quitar o cortar es “aírei”, el cual, aunque pudiera traducirse como quitar o cortar, en una primera acepción significa levantar, cargar sobre sí mismo y alejar.

Esta palabra griega “aírei” es el equivalente al vocablo hebreo “nasá”, que expresa que Dios en lugar de quitar o perdonar un pecado lo que hace es levantarlo, echárselo encima y llevárselo lejos, para que nunca más vuelva y nunca más sea recordado. A un hijo de Dios nada lo puede arrancar, quitar, separar, o vomitar de Cristo, porque ya hace parte de su esencia, porque hace parte de su cuerpo, de su carne y de sus huesos, como cita Efesios 5:30.

Así es que si estás en Cristo siéntete seguro de que nada ni nadie te podrá separar de su amor. El apóstol Pablo dijo que esto no era algo que él simplemente creía, sino que era algo de lo cual había sido plenamente convencido. El le expresó a los cristianos de Roma con total seguridad de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los demonios, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartarnos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús.

¡Ah!… tampoco te asustes con la idea de que Cristo te pueda vomitar, ya que nadie vomita su propio cuerpo, sino aquello que es extraño al cuerpo y que por lo tanto no es asimilado sino rechazado. Por supuesto que estas verdades no deben ser excusa para llevar una vida cristiana mediocre, ya que el mismo texto de Juan 15 dice que serás levantado para que lleves fruto, no para que seas estéril. Y que si tu fruto es escaso entonces serás podado para que lleves mucho más fruto. Y Romanos 14:4 dice que Dios te afirmará para que lleves más fruto. Así es que en la Biblia no vas a encontrar motivos para la tibieza espiritual, sino palabras de restauración, de ánimo y de seguridad, para que progreses en tu vida cristiana.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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