El control del alma.

 (Salmos 103:1-6)

Don Luciano Rodríguez, el fundador de Luciano´s Books, en la ciudad de Miami en la Florida, dice con su buen sentido del humor que los problemas de la memoria y de la salud que traen aparejados los años de la adultez son problemas del alma, del alma… naque, y luego suelta su generosa carcajada.

Y sí, el almanaque, el testigo escrito del paso de los años pasa su factura y le hace ver aún al hombre más vigoroso y activo que la ancianidad se viene encima como las sombras de la noche cuando el sol se oculta por el occidente tras una intensa jornada de brillo, calor y energía.

Pero aparte de los problemas del almanaque también hay problemas con el alma, el asiento del intelecto, la voluntad y las emociones en el ser humano.

El alma humana que se exterioriza en la personalidad de cada individuo es como un niño malcriado que debe ser controlado permanentemente por sus padres para que no haga daños y para que se comporte como es debido.

El alma es muy susceptible, pasa rápidamente de la alegría  a la depresión, del ánimo al desánimo y de la obediencia a la desobediencia.

Es casi que instintiva y responde no a la fe, sino a la vista, a lo palpable, a lo físico. Es por ello que una persona que desee ser espiritual debe controlar su alma, debe someterla bajo el escrutinio y dominio del espíritu.

Ser almático es dejarse controlar por el alma y ello significa vivir como en una montaña rusa, en un momento puedes estar en la cima pero unos minutos después puedes estar cayendo vertiginosamente al foso.

La persona almática no puede vivir una vida cristiana victoriosa, porque el alma es más inestable que una mesa de dos patas.

Quien aspire a tener una vida con amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio, como lo dice la Biblia en Gálatas 5:22-23, debe llevar una vida controlada por el espíritu humano, el cual, a su vez, debe haberse doblegado al Espíritu Santo.

El escritor del Salmo 103, David, tenía que encuellar a su alma, someterla bajo el espíritu, obligarla a bendecir a Dios y a recordar sus perdones, favores y misericordias.

Y debía hacerlo de esa manera porque sabía perfectamente que el alma es terca, desmemoriada y no le gusta ni orar, ni cantar, ni leer la Biblia, ni congregarse.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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