El cristiano saludable debe crecer, no engordar.

(Hebreos 5:12; 6:1-2).

Qué sorpresa se lleva uno cuando una madre comenta que a su niño, que se ve gordito y de buena apariencia, el pediatra le diagnosticó desnutrición y anemia. ¿Desnutrido? ¿Anémico? Sí, y todo por un déficit nutricional, pues aunque come y engorda no se está nutriendo.

Según la Organización Mundial de la Salud, en México, en 30 años, la obesidad se ha incrementado en un 300 por ciento, lo que ha generado que el 9.3 por ciento de la población infantil tenga diabetes. Y es que el sobrepeso y la falta de ejercicio se asocian a la diabetes y a la resistencia a la insulina. El problema ya es una pandemia. En España por ejemplo, según sanidad, 13.9% de la población está obesa.

La idea de que un niño gordo y rosado es saludable y que uno flaco es un enfermizo, ha tenido que revaluarse, motivo por el cual los padres que quieran ver crecer a sus hijos fuertes y sanos deben vigilarles el peso, que se nutran bien y que hagan ejercicio, pues la televisión, la computadora, los videojuegos y los celulares los están enfermando.

Y qué decir de la dieta espiritual. La iglesia también está contribuyendo a la desnutrición espiritual, pues tenemos cristianos que aunque engordan, viven desnutridos, no crecen. Pasan y pasan los días y ellos envejecen, pero no maduran. Se convierten en simples consumidores compulsivos de liturgia dominical y se la pasan en derrota continua. Requieren de consuelo todos los días, piden oración por todo y por todos, necesitan que se les profetice y se les impongan las manos una vez por semana.

En palabras del escritor argentino Juan Carlos Ortiz éstos son unos: “eternos infantes”. Y las enseñanzas bíblicas que les estamos dando siguen siendo: “Siete pasos para vencer al gigante”; “Cómo sembrar para prosperar”; “Confesión para retener la sanidad”; etc.

Y los líderes pensamos que entre más gente llene un salón mejor estamos, pero no es así, pues también los cementerios albergan más y más personas, pero no las llevan a:

“La unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a ser perfectos y a alcanzar la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”, como lo señala la Biblia.

Estamos llamados a crecer, no a engordar, a madurar, no a envejecer y a caminar hacia la perfección, no a mantenernos. Como cristianos debemos tener mayor conocimiento doctrinal, más vida devocional y mejor servicio a la sociedad.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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