El efecto espejo en mis relaciones interpersonales.

(Mateo 7:12).

¡Qué mal que se ven nuestros propios defectos en otras personas! Sí, en los demás vemos de manera terrible el que se irriten con facilidad, el que lleguen tarde, el que mientan, el que no sean comprensivos, el que hablen mal de otros, el que no paguen a tiempo y el que molesten con asuntos personales en momentos inoportunos.

Todas esas cosas lucen horribles en otros. Y no sólo esas, sino todas aquellas que nos molestan de nosotros mismos, contra las cuales luchamos y que consideramos pesadas, feas y de mal testimonio. Lo único es que esos mismos “defecticos” en nosotros, queremos que los demás los vean con misericordia, pasables, pequeños y soportables.

Pero, ¿sabías que Dios aprovecha algunas situaciones desagradables en nuestras relaciones interpersonales como un efecto espejo? Sí, Él permite que otros individuos nos hagan a nosotros lo que justamente nosotros les hemos hecho a otras personas. Ese es el efecto espejo, es vernos a nosotros mismos reflejados en otros. El problema es que no siempre lo entendemos de esa manera.

¿Pero qué se ha creído este tonto, pensará que lo voy a esperar todo el día aquí parado?

Es lo que pensamos mientras esperamos a alguien que tiene media hora de retraso. Pero si fuéramos nosotros los incumplidos diríamos para justificarnos:

“¡Bueno el tráfico está terrible! Además me tocó llevar los niños a la escuela, dejar a mi esposa en su trabajo e ir a cargar combustible. Que me espere, cuál es el afán, al fin y al cabo son treinta minutitos nada más”.

¿Saben cómo aprendimos mi esposa y yo a preguntar cuando llamamos a alguien por teléfono si tenía un minuto o si éramos inoportunos? Muy sencillo, porque comentábamos que hay personas que llamaban y se daban cuenta de que estábamos muy ocupados, y sin embargo, no tenían la delicadeza de abreviar la llamada o de decirnos que nos llamarían después.

No, ellos seguían hablando y hablando como si el mundo tuviera que detenerse sólo para atenderles y escuchar su conversación. Es por ello que ahora, al llamar a alguien, después del saludo, le preguntamos si la tomamos en un buen momento o si preferiría que le llamáramos después.

¡Y cómo se siente de agradecida la gente con esa pregunta! Pues justo en ese instante, o estaba entrando a un consultorio médico, o estaba atendiendo a su bebé que no paraba de llorar, o conduciendo su auto en medio del tráfico o sacando algo caliente del horno.

La próxima vez que alguien te haga pasar un mal momento, piensa:

“¿será que Papito Dios está permitiendo esta circunstancia para enseñarme algo? 

¿Será que lo que este individuo me está haciendo a mí yo también se lo he hecho a otros? 

¿Será que tú querido Dios estás usando el efecto espejo en este justo momento para moldearme?”.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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