El placer de oler a nuevo.

(Lamentaciones 3:22-23; 2 Corintios 4:16).

Una de las cosas que desde chico resulta placentera hacer es oler las cosas que son nuevas, tales como los libros y cuadernos para la escuela, los zapatos, la ropa, los lápices de colores, los juguetes, etc. Sacar algo de su estuche original y olerlo es una agradable experiencia que a veces le era negada a quienes tenían que usar la ropa y los libros que les dejaba el hermano mayor.

Y tal placer de oler las cosas nuevas se extiende toda la vida, a tal punto que cuando en una tienda te venden un producto que ha sido desempacado te lo dan más barato, no porque esté usado, sino porque estando nuevo ya se ha abierto su empaque. Y ni qué decir de los automóviles, que por el sólo hecho de haber sido sacados de la agencia ya se depreciaron, aunque todavía huelan a nuevo.

En la vida de un cristiano el placer de oler cosas nuevas es algo que se puede vivir dos veces cada día, sólo que en el área espiritual. Lo primero que se puede oler es el regalo de la misericordia de Dios, el cual cada mañana nos regala una nueva. No importa que la del día anterior esté en buen estado, que todavía huela a recién estrenada y que no se haya agotado, de todas maneras hay que desecharla.

Esa misericordia ya no sirve para el día siguiente, porque cada mañana Dios nos da una nueva, recién salida del horno, empacada y sellada, la cual debemos destapar, sacar de su estuche y estrenar con todo y su rico aroma a nuevo.

Sí, cada día, el amor compasivo de Dios nos es dado en abundancia para poder pasar por alto los errores y “metidas de pata” que podamos tener en tanto que caminamos hacia la perfección.

Y dicha misericordia la necesitamos nueva, porque ciertamente la consumimos demasiado rápido, y porque si no fuera por ella tendríamos que enfrentarnos al juicio diario de Dios. Afortunadamente la misericordia triunfa sobre el juicio según enseña la Biblia en Santiago 2:13.

Y lo segundo que podemos oler cada día a nuevo es a nosotros mismos. Mientras que la misericordia es un regalo que viene de fuera de nosotros, la “Renovación” es el placer de oler nosotros mismos a nuevo, de que el aroma y la apariencia a nuevo emane de nuestra humanidad.

Y esto se hace una realidad cuando pedimos perdón a Dios por nuestros pecados y hacemos nuevo nuestro ser interior por la obra del Espíritu Santo, pues aunque nacemos de nuevo una sola vez podemos y debemos renovarnos cada día.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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