El suicidio de un predicador.

(Juan 6:70-71; Juan 12:1-6; Mateo 27:3-5).

¡Qué alegría tan inmensa sintió el día en que fue seleccionado para hacer parte del grupo de los 12 discípulos del famoso rabino Jesús! Entre millones de candidatos con excelentes hojas de vida él había sido escogido. Ahora, como alumno de Jesús, el mismísimo Dios en forma humana, estaría becado durante los tres años de la capacitación.

Además, recibiría sueldo completo y gozaría de todos los privilegios de estar cerca del Señor, de aprender de sus labios, comer con él y ver todo su gran poder. Ese estudiante se llamaba Judas, era hijo de Simón Iscariote, y a él se le encomendó una delicadísima tarea, manejar las finanzas del ministerio de Jesús.

¡Qué gran honor y responsabilidad! Seguramente él era la persona de mayor confianza de su rabino, pues no a cualquiera uno le suelta la chequera, las tarjetas de crédito y se le da entera libertad para que recaude las donaciones y pague los sueldos de todos los discípulos y aún del mismo maestro.

Es difícil precisar cómo y cuándo este alumno comenzó a torcerse, ya que administraba bien y evidenciaba grandes avances académicos: predicaba con fervor, oraba por los enfermos, echaba fuera demonios y no se perdía ninguna de las lecciones de su rabino.

El único detalle incómodo era que de vez en cuando se sustraía algunas cantidades de dinero para sus propios gastos. Pobre, tal vez tenía más obligaciones que los otros discípulos. O le gustaba darse mejor vida que los demás.

El hecho es que en tres años con Jesús nunca fue descubierto. Lo cual le parecía raro, porque su rabino sabía todo y de todo el mundo. Pero a él nunca lo reconvino, ni lo despidió de su cargo, ni le hizo auditorías. Y esa situación de aparente impunidad lo llevó a descararse cada día más.

Ahora robaba mayores cantidades y se hacía más esclavo de su vicio. El colmo fue cuando por treinta monedas de plata entregó a su rabino Jesús para que lo mataran. Claro, él se excusaba diciendo que él no lo mató, sino que simplemente lo identificó dándole un beso, que eso no era algo tan grave. Pero su misma conciencia lo acusó tan severamente que no pudiendo soportar su pecado de traición devolvió las monedas y se ahorcó.

¡Qué tristeza! ¿Cómo pudo ser tan tonto para pensar que Dios no sabía de sus “pecaditos”? ¿Cómo alguien cree que puede coquetear con el pecado y evitar las consecuencias? ¿Cómo se dejó seducir por Satanás y terminar ahorcado? Hoy en día pudiéramos decir lo mismo de algunos cristianos:

¡Si tan sólo hubiera entendido que no es que Dios no supiera de su pecado, o lo pasara por alto, sino que en su misericordia y paciencia le evitaba desgracias y escándalos esperando su arrepentimiento.

¡Hoy es el día para que radicalmente cortes con el pecado!

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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