Eran profetas, no motivadores.

(1 Crónicas 17:1-4, 11-14).

Los verdaderos profetas de Dios en el Antiguo Pacto de la Biblia no eran motivadores que estaban buscando la manera de congraciarse con el público y de anunciar lindas frases que los hiciera más famosos y exitosos. Eso sí lo hacían los falsos profetas, los cuales eran expertos en decirle a la gente lo que quería oír, aunque fuesen mentiras maquilladas de verdades y servidas al mejor estilo religioso para el consumo popular.

El profeta Natán, quien desnudara los pecados de adulterio y homicidio del rey David con el fin de guiarlo a un sincero arrepentimiento, una vez metió la pata, pero tan pronto se dio cuenta no tuvo ningún problema en reconocerlo y en enmendar el error. Sucede que David le expresó que deseaba construirle un hermoso templo a Dios, y él llevado por su buen deseo le dijo que adelante, que hiciera todo lo que estaba en su corazón ya que Dios estaba con él.

Pero esa misma noche Dios le habló a Natán y le pidió que fuera al palacio de David y le comunicara que él no era el escogido para construirle casa, sino que sería un descendiente suyo, como efectivamente lo fue Salomón, su hijo, a quien le dejó toda la provisión necesaria para la edificación. Así es que Natán con todo y su prestigio de profeta tuvo que ir al otro día a donde el rey David y decirle algo así como:

“su majestad va a tener que disculparme porque yo ayer le dije que la idea de construirle un templo a Dios era muy buena y que lo hiciera conforme estaba en su corazón, porque Dios estaba con usted. Pero sucede que anoche mismo Dios me habló y me dijo que no, que no sería usted quien le construyera templo, sino un descendiente suyo. Así es que perdóneme rey, porque una cosa es lo que yo, como persona, como ser humano que lo aprecia y lo respeta, le desea, y otra muy diferente es lo que yo, como profeta, como vocero de Dios, tengo que decirle.

Hay palabras que son de Natán, pero hay otras que son de Dios a través del profeta Natán. Y no quiero mezclar unas con otras, ni quitar, ni agregar a lo que Dios dice. Un verdadero profeta de Dios jamás se debe atrever a usar su don o prestigio para anunciar que Dios dijo algo cuando en realidad no ha dicho nada.

Yo puedo desear que Dios diga algo, pero eso no me autoriza a manipular su Palabra a mi antojo y a manifestar que fue Dios quien lo dijo. Rey David, si el profeta Samuel no tuvo orgullo en reconocer que siete veces se equivocó cuando intentó ungir como rey a siete hermanos suyos, yo tampoco tendré orgullo en reconocer que ayer me equivoqué y le di una palabra motivacional y no profética”.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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