(Colosenses 3:22-23).

El “Retrato de Adele Bloch-Bauer I”, del pintor austriaco Gustav Klimt, fue vendido en el año 2006 en 135 millones de dólares y se constituye en la tercera obra pictórica más costosa del mundo. El primer lugar lo tiene “Number 5, 1948”, de Jackson Pollock, pintor estadounidense, cotizada en 140 millones de dólares.

Estas son cifras astronómicas que demuestran lo que puede llegar a costar un trabajo bien hecho y la firma en el mismo de quien lo hizo. Son obras de arte que llevan tres o cuatro años realizarlas y que no se hacen en serie, sino una sola vez, por lo cual el artista renuncia a hacer otras que le sean similares, para que la originalidad les dé mayor valor. Así es como Dios, el gran artista del universo, hace con cada ser humano, lo realiza único e irrepetible, aunque luego haya obras que renieguen de sí y quieran parecerse a otras, perdiendo el inmenso valor de su individualidad, de ser originales, y no simples copias mal hechas de otras.

Un asesor empresarial acostumbraba a decirle a sus oyentes lo siguiente durante sus conferencias: “Así como los grandes artistas tratan a sus obras como si fueran hijos, así ustedes deben hacer sus trabajos, como si fueran sus hijos. Una obra es una extensión de su creador, la obra dice mucho de quien la ha hecho, dice si su artífice era excelente, bueno, mediocre o malo. Es su obra la que da testimonio de él, y lo seguirá dando aún cuando el artista ya se haya muerto.

Cuando un gran maestro da por finalizada una obra no sólo sabe que ha dado a luz un hijo, un fruto de sus entrañas, de su ingenio, esfuerzo y dedicación, sino que sabe también que acaba de renunciar a hacer otra exactamente igual, porque si no su trabajo perdería el valor de ser original.

El mejor consejo que le puedo dar a un fabricante, a un distribuidor, a un vendedor, a un operario o empleado, es el que hace dos mil años le diera un apóstol a sus discípulos en la Biblia.

Él les dijo a los cristianos que vivían como esclavos en su tiempo que no trabajaran sirviendo al ojo, es decir, haciendo las cosas bien sólo cuando el amo los estaba mirando, sino que lo hicieran como si sus trabajos fueran para Dios.

Si tú haces cada trabajo como si fuera para Dios, como si fuera tu gran obra, única y original, y además con la mejor actitud, calidad, costo y cumplimiento que te sean posibles, ten la seguridad de que serás el rey en tu área laboral”.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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