Flexiona el resorte de la humillación.

(1 Pedro 5:6).

Los eventos humillantes son aquellos que degradan y avergüenzan a una persona. Vivir una situación humillante es algo doloroso y que puede dejar profundas heridas. Casos como el de ser echado de una reunión delante de todos los invitados, o el de ser regañado en público por parte de un superior, o el de ser objeto de las burlas de un profesor y el grupo por no atinar una respuesta, o el de ser despreciados por una persona que nos atrae mucho, son momentos que nadie quisiera repetir.

El mejor consejo en materia de humillaciones es que nunca le hagas pasar una a alguien y que muestres consideración y respeto por los demás, pues lo que le hacemos a otra persona, más adelante nos lo harán a nosotros. Y si has sido víctima de humillaciones o algún día tuvieres que pasar por una, activa tus sistemas de defensa y del perdón. Es decir, no te des el lujo de sentirte ofendido, no te comas la sucia comida que te han servido. La ofensa sólo es ofensa cuando se recibe, de manera que no la recibas.

Cuando una persona te quiere dar suciedad fue porque ya se ensució con ella, pero tú no tienes que ensuciarte, a no ser que la recibas. Por eso, no dejes que te tiemble la voz, ni te pongas rojo de la vergüenza, ni respondas con groserías o violencia. Conserva la calma, muestra carácter, somete tu orgullo y perdona el incidente, pásalo por alto, como si nunca hubiera acontecido. Ya no le des cabida en tu mente y no pienses más en eso. Renuncia a toda posibilidad de revancha o venganza y recuerda que perdonar es olvidar.

Ahora, aunque te suene raro, considera una humillación que sí es buena y a la que vale la pena someterse de buena gana. Es aquella que nos hacemos a nosotros mismos debajo de la poderosa mano de Dios.

Cuando dejas tu orgullo, tu vanidad y prepotencia y te postras ante Él reconociendo tu pecado, tu imperfección e incapacidad, entonces el Señor te levantará y te ensalzará en el momento oportuno. Sométete debajo de su mano, que es la que te levanta, en lugar de esperar a ser sometido debajo de sus pies. Esto funciona como el resorte, entre más alto quieras subir, más abajo deberás ir.

Así es que si quieres ser exaltado por Dios, empieza por flexionar el resorte de tu humillación. Llévalo bien abajo, para que te dispare bien arriba.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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