Imperfectos, sí, hipócritas, no.

(Proverbios 30:20; Mateo 6:2, 5, 16).

Cuando tú sabes que alguien cometió un error lo que más te molesta no es el hecho de que lo haya cometido, pues cualquiera puede errar, sino el que te quiera ver la cara de tonto y quiera convencerte de que no lo ha cometido.

Es por eso que entendemos al padre de familia que le promete a su hijo infractor que no lo va a castigar a cambio de que le diga la verdad y esté dispuesto a reconocer su fallo y a pedir perdón.

¿Por qué? Porque valora la sinceridad, porque rechaza la mentira, porque repudia la hipocresía y porque desea enseñarle a su hijo lo valioso que es reconocer las faltas y enmendarlas.

Dios tampoco quiere que se le trate como a un tonto. Él no desea gente que come a escondidas, se limpia la boca y luego pone cara seria y dice que no ha comido nada.

Dios desea que seamos sinceros y que reconozcamos que hemos fallado, le pidamos perdón y le solicitemos la fuerza sobrenatural que Él nos puede dar para no reincidir.

Por eso Jesús exhortó a sus seguidores a no ser como los actores griegos de su época, que usando mascaras y haciendo cambios de vestuario y apariencia asumían una personalidad que no era la de ellos, sino la del personaje que representaban.

Esos artistas eran llamados en griego “hypokrités”, de donde procede el vocablo hipócrita, y se presentaban en teatros romanos como el de Escitópolis, donde había sillas para siete mil espectadores.

Jesús entonces pedía no fingir, no actuar representando a alguien muy santo cuando en el interior se estaba más llenos de pecado que el peor de los hombres.

Así como el médico necesita que el paciente diga la verdad para tratarlo y Alcohólicos Anónimos precisa que el recién llegado reconozca que es un enfermo para iniciar la terapia, Dios desea que el pecador reconozca con franqueza de dónde es que cojea para darle su perdón y ayudarle a no caer de nuevo.

Por eso es que en la iglesia cristiana hay esperanza para la gente imperfecta que reconoce su pecado y clama a Dios por misericordia, pero no hay ninguna esperanza para el que finge ser santo y no deja que Dios trate con su mal.

Así es que si buscas gente perfecta, espera a llegar al cielo.

Y si buscas gente imperfecta, encuéntrala en una iglesia cristiana, allí están los que ya son salvos y están en el camino de la perfección.

Aunque también, tristemente, encontrarás a los que son hipócritas y no se dejan ayudar.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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