(1 Corintios 15:21, 22, 45, 47).

El Dr. Anestesia tenía fama de ser el profesor más estricto y cascarrabias de toda la facultad de derecho de la universidad. Su nombre no era anestesia, sino que lo habían apodado así por ser monótono y dormir a sus alumnos a los cinco minutos de empezar la cátedra. Se ufanaba al decir que él no le calificaba la máxima nota a ningún alumno, que la máxima nota era para el profesor, motivo por el cual sus exámenes hacían temblar aún a los más estudiosos.

Para el examen final del semestre les dijo a sus alumnos que debían estudiar todo lo concerniente a la reforma al código laboral, desde su extenso articulado hasta las correcciones al viejo código y los nuevos beneficios.

El día de la prueba llamo a lista e hizo firmar a cada estudiante la hoja de asistencia. Luego los acomodó bien distantes el uno del otro para evitar fraudes y les entregó el examen que debían contestar en 55 minutos. Sacó su cronómetro y se sentó a vigilar todo mientras un caballero con el uniforme de servicios generales hacía una reparación eléctrica detrás de su escritorio.

Terminada la jornada puso el cartapacio en su maletín y se fue sin despedirse. Una semana después las calificaciones figuraban en la cartelera del pasillo central. Lo curioso es que aparecía, por primera vez en la historia de su cátedra, un alumno con la máxima nota, pero no estaba su nombre.

Así es que el comentario general era: ¿quién fue el que logró la máxima calificación?

Algunos verificaron la lista de asistentes al examen y concluyeron que estaba completa. No faltaba nadie. Así es que había una prueba de más, de algún estudiante anónimo, o de algún fantasma.

El día en que el Dr. Anestesia se reunió con todo el grupo debió obligatoriamente referirse al asunto, pues la curiosidad ya no era sólo de los alumnos de su curso, sino de toda la universidad, incluyendo al resto de docentes y a los cuadros administrativos.

“Apreciados alumnos, es mi deber reconocer a mi edad que en el examen final alguien tomó la prueba y sacó la máxima nota, pero quien hizo eso no es un alumno regular, sino este caballero que está aquí. Él, fingiendo hacer unas reparaciones eléctricas ese día, llenó las hojas y las colocó sobre mi escritorio. Él es realmente un magistrado y en su época de legislador escribió toda la reforma al código laboral. Es también un viejo condiscípulo que junto con algunos amigos me dieron una muy buena lección. Lástima que su examen no haya sido a nombre de alguno de ustedes”.

Esta historia ilustra lo que Cristo hizo por nosotros, sólo que la máxima nota de Él sí nos la han puesto a nosotros. Él, el autor de toda la ley y el ser más santo, se vistió de humanidad y vino a corregir lo que nuestro padre Adán hizo mal. Jesucristo cumplió toda la ley a nuestro favor, hizo el examen por nosotros y nos dio la máxima nota.

Por eso a Cristo se le llama el postrer Adán, porque aunque el primer Adán trajo el pecado al mundo y con él la muerte, Cristo, el último Adán, pagó con su muerte por nuestros pecados y nos dio vida eterna.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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