(Romanos 12:3-8; 1 Corintios 12:14-27).

Antes de saltar a la cancha a disputar la gran final el entrenador habló con su equipo con la mayor sinceridad que le fue posible.

Los muchachos lo percibieron ese día como si fuera un padre que les aconsejaba y no el exigente director técnico que les obligaba a memorizar cada jugada que decenas de veces estudiaban en la pizarra, decenas de veces practicaban en la cancha y decenas de veces corregían observando los vídeos.

Con un brillo especial en sus ojos los miró a uno por uno y les dijo con voz suave pero firme:

“Ustedes han oído muchas veces que un campeonato se gana en la cancha, pero les diré un secreto, un campeonato no se gana en la cancha, se gana antes del juego. Sí, cuando tú saltas al terreno, en tu mente ya debes estar convencido de que has ganado, no de que vas a ganar, sino de que has ganado, que es algo que ya tienes en tu poder y nadie te lo va a quitar.

Quiero que cada uno de ustedes esté convencido de eso. No van a ir a ganar algo, van a traer un trofeo que ya es de ustedes, que les pertenece. No les estoy diciendo que tengan optimismo, no, les estoy diciendo que tengan fe.

El optimista es el que espera buenas noticias, en cambio, la persona de fe, no las espera, las reclama, porque ya son suyas.

¿Significa eso que van a ir al campo con una actitud sobradora y menospreciando al rival? Jamás, deben tener la humildad del que es realmente un ganador, no del que se da ínfulas de ganador. Nunca un millonario presume de ser rico, porque en verdad lo es, el que presume es el que no lo es y por eso tiene que aparentarlo.

Antes del quebrantamiento viene la altivez, de manera que demuestren con humildad y buen juego por qué son vencedores. Saberse ganador es fe, para grandes logros, pero presumir de ganador es altivez, para grandes fracasos. Muchachos, vayan y traigan ese trofeo, no me importa si tienen que dejar hasta la última gota de sudor, vayan y reclámenlo.

Al inicio de la temporada nadie daba un centavo por ustedes, pero hoy llegamos a donde los grandes no pudieron. ¿Por qué? Porque en lugar de tener varias figuras con contratos millonarios, trabajamos por un solo jugador que hoy es la figura, el equipo.

Así es que no quiero héroes individuales, en el terreno de juego quiero un sólo héroe, el equipo. Quiero que se muevan como un solo cuerpo, armónicamente, para defender y para atacar. Y nadie tiene autoridad para regañar a un compañero, sólo para animarlo. Bien… ¡a la cancha!”.

Al otro día todos los periódicos de la ciudad certificaban que ellos eran los nuevos campeones.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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