Madurar, no envejecer, hagamos la diferencia.

/ DEVOCIONALES

(Hebreos 5:12-6:3).

Imagínate esta escena:

–      Muy bien hijo, te felicitamos, tu papá y yo estamos muy orgullosos de que te hayas graduado de la primaria

–      Gracias mamá, ustedes han sido muy especiales conmigo y me han ayudado. Si no fuera por su apoyo no estaría graduándome por quinta vez de la escuela primaria.

–      Hijito, ¿y no te gustaría mi cielito hacer tu secundaria y después ir a la universidad?

–      Gracias mami, pero prefiero repetir por sexta vez los cinco años de primaria. Tú sabes que para mí lo más importante es sostenerme, estar firme, poder afianzarme.

Esto es como para desternillarse de la risa. ¿Pero sabes? Sucedía lo mismo con algunos cristianos del siglo primero a los cuales el escritor de la epístola a los Hebreos les hala las orejas. Él les dice que se pongan las pilas, que dejen de repetir la primaria cristiana y que maduren, que dejen de ser niños espirituales y que sigan creciendo en conocimiento, en santidad y en trabajo para el Señor.

No era posible que a esas alturas, cuando debieran ser maestros, todavía estuviesen aprendiendo los rudimentos del cristianismo y viendo las mismas lecciones una y otra vez.

Y lo triste es que en la actualidad, en pleno siglo 21, la situación no ha cambiado. La gente no está madurando en su vida espiritual, sino que está envejeciendo. No se sabe dónde leyeron en la Biblia que en el cielo hay premios por antigüedad. No señores, no erremos, al cielo se entra por gracia, por regalo de Dios, pero los galardones hay que ganárselos con maduración espiritual y buenas obras.

Y si piensas que el único objetivo de Dios era llevarnos al cielo, pues entonces ya deberíamos de estar muertos y disfrutando del cielo, desde hace mucho tiempo. Pero no  es así, Dios nos ha dejado en este planeta, siendo salvos, no para hacer la primaria cristiana eternamente, sino para que cada día vayamos de gloria en gloria, para crecer, madurar, ser mejores que antes. Su propósito es que cada día nos parezcamos más a Cristo y hagamos las obras que él preparó desde antes de la fundación del mundo para que anduviésemos en ellas.

Basta de trabajar para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para tener dinero para comer, para recuperar fuerzas y volver a trabajar, para… ¡Corta ya ese círculo vicioso!

¡Qué tristeza perder la vida en la misma rutina y sin hacer aquello para lo cual Dios nos ha dejado con vida! ¡Ánimo! ¡No te conformes con estar a flote, atrévete a nadar, a llegar a alguna parte! ¡Ahora ponte en las manos de Dios y deja que él te use!

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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