No ames al mundo, tampoco lo odies, sólo impáctalo.

(Santiago 4:4; 1 Juan 2:17).

Durante siglos la mentalidad religiosa ha tergiversado el significado bíblico de la palabra mundo, traducción de tres vocablos griegos, “Kosmos”, “Aion” “Oikoumene”, los cuales se refieren a un adorno, al universo, al planeta, a la humanidad que lo habita, a una época, o a un reino espiritual.

La doctrina del ascetismo, que dio origen a la vida monástica en el siglo VI en Europa, creía que si una persona se aislaba de la sociedad y se encerraba para vivir en ayunos, flagelándose el cuerpo y haciendo votos de pobreza, silencio y castidad, podría vencer las tentaciones y agradar a Dios, puesto que la Biblia enseña que no somos de este mundo y por ello no debemos ni amarlo ni ser su amigo.

¡Qué lástima que estos ermitaños no hayan leído también Juan 17:15! Allí Jesús le pide al Padre que no nos quite del mundo, sino que nos guarde del mal. Porque la luz debe estar en la oscuridad, no alumbrando a otras luces. ¿Si todas las luces de una ciudad se encerraran en un templo quién iluminaría las calles, plazas, oficinas y universidades?

Hoy en día también los fanáticos religiosos han llegado a proclamar que quien va a una sala de cine, o a un estadio de fútbol, o a una playa, está siendo un mal cristiano, porque en lugar de estar en la iglesia adorando a Dios, se ha tirado a los brazos de este mundo y se ha descarriado tras sus deleites. Otra vez habría que decir: ¡qué lástima! Porque el mundo al que se refiere la Biblia y al cual no debemos pertenecer, ni tener amistad con él, ni amarle, no es un mundo físico, sino un reino espiritual.

Fue lo mismo que no entendió Pilatos, que Jesús sí era Rey, pero de otro Reino, no del reino donde gobernada Tiberio César, sino de un mundo que es espiritual, eterno, que no pasa nunca, diferente al romano, al griego, al egipcio y a otros que ya pasaron a la historia. Es por ello que el apóstol Juan dice que el mundo y sus deseos pasan, pero que el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre. Los diferentes mundos, que están englobados en “el mundo sin Cristo”, pasan.

Eso ha sucedido y sucederá con los mundos: deportivo, financiero, político, filosófico, de la moda, artístico y otros. Pero el Reino de Dios se mantiene incólume, y los que pertenecen a él se sostienen incólumes también. Y no es correcto que un cristiano, una persona que pertenece al Reino de Dios, que es su ciudadano porque nació de nuevo dentro de ese reino, abandone la misión que tiene dentro del mundo, donde Dios le ha puesto para ser sal y luz. El comerciante cristiano, por ejemplo, no pertenece al mundo de las finanzas, sino al Reino de Dios, pero debe estar en ese mundo como agente especial infiltrado para mostrar con su ejemplo que vale la pena ser de Cristo.

Lo mismo podemos decir del deportista, del educador, del artista, del universitario, del militar, del político. Ellos han sido puestos por Dios en esos mundos específicos para que cumplan una misión divina, mas deben cuidarse de no contaminarse. Deben ser como el profeta Daniel, que servía en la política de Babilonia y se destacaba 10 veces más que los más importantes sabios y estadistas del lugar, pero quien nunca se contaminó de Babilonia.

Daniel estaba en el mundo babilónico, pero el mundo babilónico no estaba en él, en su corazón, por eso fue exitoso. Los cristianos debemos estar en el mundo, pero jamás permitir que el mundo esté en nuestros corazones; en él sólo puede vivir y reinar Cristo.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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