(Salmo 112:7).

¿Alguna vez has dormido en carretera mientras otra persona conduce el vehículo en el que viajas? Eso es tener fe, pues has puesto tu confianza en la persona al volante. Y seguramente le has abierto la boca al odontólogo convencido de su destreza. Y has viajado en avión creyendo que el piloto te va a llevar seguro a tu destino. Y te has comido lo que te han servido en un restaurante sin siquiera pensar en que te van a envenenar.

En fin, serían innumerables los ejemplos de la vida diaria en los que demuestras ser una persona de fe, alguien que deposita su confianza en otros, ya que de otra manera sería imposible vivir. De manera que hablar de fe no es algo misterioso, complicado o muy teológico, sino algo que tú manejas en tu cotidianeidad y hasta de manera inconsciente. Y si depositamos fe en personas que no conocemos bien, que son imperfectas, que se pueden equivocar y fallarnos, ¿cómo no depositar toda nuestra fe en Dios, quien nunca falla, quien nos ama, quien nos cuida, quien desea lo mejor para nosotros y nunca incumplirá una promesa?

El Salmo 112 en la Biblia afirma que cuando una persona respeta a Dios y pone su confianza en Él, ni siquiera vive con el temor de que le lleguen malas noticias. Y añadiría lo contrario, que debido a esa fe que ha depositado en el Señor, más bien espera que siempre le lleguen las mejores noticias.

No es ese tipo de persona que pega un brinco cuando el teléfono suena a medianoche porque se imagina lo peor, sino que piensa que es número equivocado o que alguien no se aguantó las ganas de contarle algunas buenas nuevas.

Si el temor es creer que lo peor nos va a suceder en un futuro, la fe es creer que lo mejor nos tiene que acontecer en ese futuro. El temor es la antítesis de la fe. El temor es la predisposición para lo peor. La fe es la predisposición para lo mejor. El temor es un acto de desconfianza, la fe es un acto de confianza. El temor es un insulto para Dios, porque es decirle que no nos sentimos seguros bajo su protección. La fe es una alabanza, porque es decirle que nos sentimos seguros con Él.

No aceptes ese sudor nervioso en las manos o los pies. No aceptes que te tiemble la voz. No aceptes que te consuma la ansiedad. No aceptes pensamientos que te dicen que lo peor está por llegar. No te dejes asustar por informaciones desalentadoras. Pon tu confianza en el Señor, llénate de su paz. Mira con tus ojos espirituales la cantidad de ángeles que están a tu alrededor, como guardaespaldas invisibles, sólo para cuidarte.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

Comparte en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter