Rico, poderoso y famoso, pero orgulloso y leproso.

(2 Crónicas 26:16-21).

Por si no lo sabías, existió en Jerusalén un rey Uzías, que por orgulloso y no atender al sacerdote Azarías, toda la vida se le complicaría, pues contrajo una enfermedad que lo postraría dejándolo alejado de pompa, gobierno y compañía.

Lepra era lo que padecía, mal que a la tumba lo llevaría, debido a que de ese azote nunca se sanaría. ¡Qué tonto Uzías! Era un grande en sus días, pero por dárselas de agrandado, ¡qué duro que caería!

Esa es la historia de un rey en Jerusalén al que Dios le concedió gran prosperidad, pues mientras el profeta Zacarías estuvo con vida y le aconsejó y le enseñó a amar y respetar a Dios, este gobernante se condujo sabiamente y anduvo en los mandamientos divinos. Pero cuando ya no tuvo quien lo orientara espiritualmente, se corrompió.

Al verse  poderoso, rico, famoso, con un ejército inmenso, con una vasta extensión de territorio y con sus enemigos controlados por todas las fronteras, Uzías se ensoberbeció. Y es sabido que una persona orgullosa no es ser pensante, sino “ser…piente”, pues cae mal en toda parte y siempre está inoculando veneno.

Así que a este monarca se le ocurrió la insensatez de meterse al templo dizque a ofrecerle incienso al Señor, cuando esa es una tarea que le correspondía exclusivamente al sacerdote, tal y como la ley de Dios lo establecía.

Pero como a Azarías no le temblaron ni las piernas ni la voz, él, junto con 80 sacerdotes más, valientemente lo encararon y le dijeron que aunque fuera el rey, y aunque tuviera todo el poder del mundo, él no podía ofrecerle incienso al Señor, que esa era una labor que sólo ellos, los sacerdotes, los descendientes de Aarón, podían hacer. Así que le pidieron que por favor se saliera del templo en el acto.

El rey se molestó por el regaño que le habían dado, pero de inmediato, y ante la vista de todo el mundo, su frente se llenó de lepra, al punto que tuvo que salir corriendo ayudado por los sacerdotes, ya que entendió que ese era un castigo divino.

Al quedar leproso debió ser confinado en un cuarto aislado del resto del palacio, mientras su hijo Jotam asumía el gobierno. Cuando falleció ni siquiera se le concedió ser enterrado en el cementerio de los reyes, debido a que murió de lepra.

¡Qué triste ejemplo el de Uzías! ¡Y qué gran ejemplo el de Azarías, que no se vendió ni se arrodilló ante el poder!

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

Comparte en tus redes sociales
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter