(Mateo 23:23-25).

Esas personas que andan buscando con lupa los más mínimos errores para evidenciar las imperfecciones ajenas no son nuevas, han existido siempre, y hasta el mismo Jesús debió enfrentarlas. Algunas de ellas pertenecían en su tiempo a una secta llamada “los fariseos”, que era un grupo de devotos exageradamente celosos de la ley de Moisés y de las tradiciones judías.

No todos los fariseos eran indeseables, entre ellos había también hombres muy íntegros, de gran conocimiento de las Escrituras y con vidas ejemplares. Y aunque hoy en día la palabra fariseo es sinónimo de hipócrita, para ser justos con la historia, ellos eran más bien fieles que se esforzaban por devolverle a la nación la santidad que había perdido en la mezcla con tantas culturas paganas. Y además, promulgaban una fe que fuese una vivencia diaria, y no solamente ritos e idas al templo como sí la promovían los saduceos.

Pues bien, algunos de esos fariseos que se jactaban de pertenecer a dicha secta, y que le amargaban la vida a los demás señalándoles los más mínimos defectos, tuvieron la osadía de criticar a Jesús y a sus discípulos, que sí eran unos campeones en pisotear la tradición, aunque nunca las leyes divinas.

Y a estos santos de fachada pero no de vivencia, Jesús les respondió con rigor que dejaran de colar el mosquito y tragarse el camello. Que dejaran de ser tan inconsistentes en su espiritualidad, pues se cuidaban hasta de dar el diezmo de la menta, el eneldo y el comino, y de dar aún por encima del 10%, que era lo que exigía la ley, pero se olvidaban de tres cosas muy simples e importantes: la justicia, la misericordia y la fe.

Y es que los fariseos llegaban incluso al punto de orar y ayunar muchas más veces de lo que era habitual,  pero se olvidaban de practicar la justicia, la misericordia y la fe. Por ello fue que Jesús les reconvino a implementar en sus vidas estas tres virtudes sin dejar de hacer lo que venían haciendo. Cuánto precisamos recordar esas palabras en la actualidad, sobre todo aquellas personas que se han especializado en buscar mosquitos con microscopios.

Como el caso de aquel fastidioso e inmisericorde religioso que le reclamaba a una dama por tener velas encendidas en su casa, ya que según él esto traería una maldición sobre el hogar. Lo que este imprudente no tuvo en cuenta es que la dueña de casa no estaba usando las velas para rituales, sino que las había comprado para perfumar, para decorar, para iluminar, para calentar y para crear un ambiente romántico. Y habría también que añadir que en algunos eventos y ceremonias las velas se usan para simbolizar conceptos tan cristianos como la luz, el conocimiento y la verdad.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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