Se recarga solo, pero se consume en sociedad.

(Mateo 6: 4, 6, 17, 18).

Todo ser humano lleva dos tipos de vida: una privada y otra pública. Y lo usual es que nos esmeremos en gran manera en la pública, aún en detrimento de la privada. En la cultura actual hablar de imagen es hablar de un tesoro, al punto de haber grandes empresas especializadas en manejar la imagen de una persona, un producto o una institución.

No es gratuito por ello que prestemos tanta atención a lo que proyectamos socialmente, a lo que la gente ve y piensa de nosotros a partir de los elementos que les ofrecemos porque los sacamos de nuestra privacidad y los ponemos en la vitrina.

Un especialista en la riqueza de vida espiritual enseñó hace dos mil años a sus escuchas que era sumamente importante prestarle atención a lo que sucedía en lo secreto de nuestras vidas, pues ello determinaba o nuestro éxito o nuestro fracaso en público. Ese maestro fue Jesucristo, quien en Mateo capítulo seis, en la Biblia, enfatizó varias veces la palabra secreto, diciendo que era necesario hacer cosas buenas en secreto para de esa manera recibir gratificaciones en público de parte de Dios.

Por ejemplo, dijo él, den sus ayudas materiales a los necesitados en secreto, para que puedan recibir recompensas. Oren en secreto, para que puedan ver las respuestas de Dios. Y ayunen en secreto, para que Dios les premie.

En ese sentido, la vida espiritual de un cristiano se parece a un celular, se recarga solito, aislado, pero después puede usarse en público haciendo llamadas a otros celulares.

El cristiano debe recargarse solo, en secreto, en intimidad con Dios, para luego poder ser efectivo en sus relaciones sociales.

Una frase célebre dice que quien sabe estar de rodillas delante de Dios, puede sostenerse en pie delante de los hombres.

Tal vez alguien se pregunte: ¿oye, entonces cuándo oro o canto en público eso no cuenta, tiene que ser siempre en secreto?

Claro que cuenta, el cristianismo no se vive aislado, sino en comunión con otros, sean cristianos o no, pues caeríamos nuevamente en el error histórico de los ascetas que se encerraban en las ermitas (por eso se les llamaba ermitaños) supuestamente para ser más espirituales.

Además, el congregarnos en una iglesia es un mandato, no una sugerencia.

Pero cuidado, aunque estés con un millón de personas orando y cantando, Dios se estará relacionando en secreto con cada uno de esa multitud, con cada corazón.

Así es que ten esto en cuenta: si cultivas tu intimad en la red privada con Dios, ten la seguridad de que serás recompensado en la red social.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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