(Mateo 6:32-34).

El anciano miró al inmenso grupo de líderes cristianos de diferentes partes del mundo que se habían reunido para escucharle. Sabían que él era un hombre de pocas palabras, así que estaban atentos a cada gota de sabiduría que dejara escapar. Con voz pausada y con suaves movimientos comenzó su exposición, la cual parecía una conversación íntima:

“Cuando inicié mi carrera como conferencista no teníamos ni la radio, ni la televisión, ni la internet, ni los celulares, ni las tabletas digitales, ni las redes sociales como Facebook o Twitter. Así que la única forma de poder hablarles a las personas del amor de Dios era yendo  hasta ellas en aviones, trenes, autobuses, lanchas, lomos de burro y caminando. El sueldo era incierto, pero esa no era la principal motivación para el duro trabajo que hacíamos.

Cuando llorábamos ante Dios no nos avergonzábamos por ello, sino que nos consolábamos mutuamente y la gente podía ver en nosotros a simples seres humanos como ellos, no a cristianos pretendiendo ser súper hombres. No queríamos impresionar, sólo queríamos que vieran en nosotros a simples vasijas de barro, sólo barro, nada más. Pero vasijas que tenían dentro un gran tesoro, a Jesucristo. No aparentábamos ser oro, sino barro conteniendo oro.

Claro, en esa entonces no teníamos la presión del asesor de imagen que nos insistiera en que siempre debíamos aparecer sonrientes, maquillados, bien peinados y vestidos. Destilando el éxito que hace que se vendan nuestros libros y videos y que la gente llene los lugares donde nos presentamos.

Eran épocas en que pasábamos más tiempo de rodillas delante de Dios que el que se pasa hoy frente a la computadora, los micrófonos, las cámaras y los púlpitos. Nadie nos pedía autógrafos ni se tomaba fotos con nosotros, pero sí nos pedían que oráramos y leyéramos la Biblia juntos.

¿Acaso pretendo decir que para ser espirituales debemos volver a los métodos antiguos y desechar tan valiosas herramientas que el Señor nos permite hoy en día? No, jamás, sólo pretendo dejar en claro algo, que lo primero deja de ser lo primero cuando le ponemos algo por delante.

Cuando las estrategias dejan de serlo y se convierten en principios, nos desenfocamos. Si el centro de nuestra predicación es la prosperidad, el éxito y otros interés humanos, nos perdemos. Jesucristo y su vida en nosotros deben ser el foco de nuestra atención, no los medios, no las estrategias, no el público. No busques recompensas terrenales, tal vez no se te den, pon la mirada más arriba, levanta tus ojos”.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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