Tal vez, es posible, quién sabe.

(Santiago 4:13-17).

Una contingencia es la posibilidad de que algo suceda o no suceda, pero sin tener jamás la completa certeza de que sí va a suceder.

Es por ello que al referirnos al futuro usamos expresiones tales como: puede ser, es posible, tal vez, probablemente, quién sabe, de pronto, vamos a ver.

Y un viejo refrán dice que de lo único que podemos estar seguros en la vida es de la muerte, todo lo demás es una contingencia.

Sin embargo hay personas que son tan soberbias que se atreven a decir que para tal fecha van a ir a ciertos lugares y van a hacer determinados negocios y van a ganar equis cantidades de dinero, cuando en realidad la economía es una de las cosas más inestables e impredecibles que existen.

El apóstol Santiago, quien realmente se llamaba Jacobo, y era uno de los hermanos físicos de Jesucristo, escribió que no deberíamos ser tan prepotentes y orgullosos al decir que en tales fechas vamos a ir a negociar a determinadas ciudades y a ganar lo que nos hemos propuesto, ya que la vida no está garantizada para nadie, y es tan frágil que en cualquier momento pudiera desaparecer.

Además nadie es dueño absoluto del futuro. Nadie en el mundo tiene una varita mágica como para ordenar qué es lo que debe suceder y qué es lo que no debe acontecer.

Es por ello que es mucho más sabio decir: “si Dios quiere iremos a tal lugar y haremos esto y aquello.”

O también decir: “si Dios nos da licencia y nos concede la vida podremos hacer esto y aquello”.

No podemos vanagloriarnos de aquello que es incierto y que no nos pertenece. Nuestra vida no es nuestra, es prestada, y queramos o no, creamos en Dios o no, de todas maneras, tarde o temprano, tendremos que devolverla a su propietario y rendirle cuentas de qué fue lo que hicimos con ella mientras la usamos.

Tampoco existe la reencarnación como una segunda oportunidad para enmendar lo que en la anterior vida nos salió mal.

La Biblia declara tajantemente en hebreos 9:27 que está establecido para los seres humanos que mueran una sola vez, y después de eso, el juicio.

Así es que cualquier cosa que haya que arreglar en nuestra existencia hay que hacerlo en esta vida, y cuanto antes.

Y como no hay reencarnación hay que echar mano del perdón divino y la restitución, lo cual es mejor, y sólo se requiere de un arrepentimiento sincero y de la confesión de los pecados ante Dios.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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