(Romanos 8:26; 1 Juan 2:1).

“El abogado me dijo que tenía que llevarle todos los papeles y darle la mitad del dinero para tomar mi caso. Hace como seis meses que estoy esperando que haga algo y sólo me dice que tenga paciencia, que la justicia es muy lenta. Pero averigüé en el juzgado y este hombre no ha hecho nada. Lo mejor es perder el dinero, retirarle los documentos y llevárselos a otro abogado”.

¿Dónde habrás escuchado una expresión similar? En cualquier lugar del mundo. La lucha con los abogados se da por todas partes  y ellos mismos, los honestos y deshonestos, son conscientes de que su profesión es una de las de peor prestigio y por lo cual se les hace toda clase de chistes donde se desnudan su  impuntualidad, irresponsabilidad, avaricia y falta de ética. Limpiar esa imagen es una ardua tarea que les aguarda a las nuevas generaciones de abogados litigantes.

La Biblia nos presenta a dos excelentes abogados que están trabajando las 24 horas del día, todos los días, a favor de cada cristiano. Y lo más interesante es que no piden dinero por adelantado, porque trabajan gratis.

No exigen un arrume de documentos que luego olvidarán en el archivo, sino que les hables siempre con la verdad. No se esconden para luego inventar excusas, sino que piden reuniones en privado con la mayor frecuencia posible. No te engañan brindándote falsas esperanzas, sino que desde el inicio te declaran qué es lo que puedes esperar.

Y menos aún te advierten que podrían perder el caso, sino que te muestran un record de 100% de efectividad. Esos abogados son Jesucristo y el Espíritu Santo.

El primero, a quien en el griego del Nuevo Testamento se le llama “Paracletos”, es el abogado defensor ante El Padre, en el cielo. Es el que da la cara por ti y lleva tu caso ante el Trono de la Gracia.

El otro, a quien se le llama también “Paracletos”, es el abogado defensor aquí en la tierra, tu guía y quien te prepara para que sepas qué decir cuando comparezcas  ante el Trono de la Gracia. Él no sólo te muestra cuál es tu verdadera condición y hasta se contrista si te ve mal, sino que te ayuda a superar tu debilidad y se hace tu consolador.

Juan, el apóstol, les pedía encarecidamente a sus hijos espirituales que se cuidaran de no pecar, pero que si llegaran a caer, tuvieran presente a Cristo como el abogado justo que tenemos ante el Padre.

Así es que cuando la conciencia te espose y quiera tirarte a la cárcel de la culpabilidad, recuerda, como en las series policiacas, que te permiten una llamada. ¡Márcale a Jesucristo!

El apóstol Pablo también explicaba a los romanos  que cuando nos sentimos débiles y no sabemos qué o cómo orar, el Espíritu Santo, como abogado, viene e interceder a través de nosotros hasta con gemidos indecibles.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
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