No basta con decir la verdad, hay que saber cuál, a quién, cómo, cuándo y dónde.

(Proverbios 25:11). 

Como naranjas de oro con incrustaciones de plata son las palabras dichas a tiempo”. Esto es lo que enseña Proverbios 25:11. Y es un buen consejo para aquellos que se jactan de decir la verdad y de no tener “pelos en la lengua” para decir las cosas.

Para aquellos que se enorgullecen de ser sinceros, de odiar la hipocresía y la mentira y de ser supuestamente muy confiables por ir siempre de frente, por no hablar a espaldas de nadie y por decir las cosas como son, duélale a quien le duela. Aunque la verdad es que tales personas con sus maneras imprudentes sólo demuestran que son agresivas, groseras, ofensivas, peligrosas y faltas de misericordia y bondad.

Claro que es bueno decir la verdad, no hablar a espaldas de alguien, repeler la mentira y la hipocresía, y ser sinceros. Pero ello no significa actuar salvajemente escupiéndole la verdad a la gente en la cara. La verdad debe usarse para bien, no para mal.

Tomemos por ejemplo el caso de una farmacia. Todos los productos que allí se venden han sido fabricados en laboratorios con la finalidad de atacar las enfermedades de la población. Pero eso no quiere decir que vas a tomar de la estantería cualquier medicamento al azar y lo vas a ingerir. No, jamás. Eso podría hasta provocarte la muerte. ¿Matarte un medicamento que fue hecho para sanarte?

Sí, porque tomaste el no indicado para tu condición. Lo que debes hacer es consultarle al especialista cuál medicamento es el adecuado para ti. Después deberás verificar cómo consumirlo, a qué horas, en qué cantidades y hasta cuándo. También sería conveniente que preguntaras si hay contraindicaciones y algunos efectos secundarios.

Ahora, volviendo con el asunto de decir la verdad, ésta debe usarse para el bien de la persona a la que se la comunicamos, no para atormentarla o abofetearla. Por supuesto que decir la verdad puede ser molesto, como algunas medicinas, pero no por ello debemos ser sádicos y torturar a los oyentes.

Miremos otro ejemplo, el del predicador cristiano. Éste deberá depender del Espíritu Santo para saber cuál verdad de todas las que hay en la Biblia será la más adecuada enseñar a su rebaño de acuerdo a sus necesidades específicas. Después de saber escoger la verdad a enunciar deberá ser sabio en planear cómo comunicar esa verdad.

Y lo hará teniendo en cuenta la naturaleza del tema, el propósito, el tipo de auditorio, el tiempo disponible, las circunstancias y los recursos técnicos disponibles, tales como el sonido y el video. No basta con decir la verdad, hay que saber cuál, a quién, cómo, cuándo y dónde.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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