(1 Pedro 3:16-17).

Es inevitable el que alguien te ofenda, no importa si eres la persona más dulce, simpática, amorosa o bondadosa. El hecho es que siempre aparecerá alguien por allí diciendo de ti o diciéndote a ti palabras corrosivas que te caerán como una cachetada. ¿Pero y qué le hice yo? ¿Y por qué esta persona me trata así? Son las preguntas que te haces para tratar de entender tales ofensas.

Pero sabes, no siempre hay un motivo. A veces es simple envidia. A veces es antipatía. Otras veces es que la maldad andaba buscando una víctima y Dios permitió, con un propósito noble, que fueses tú la escogida. En fin, por el motivo que sea, la realidad es que cualquiera puede servirte en cualquier instante un buen plato de ofensas. Aunque ello no significa que estés obligado a comértelas.

¿Y eso qué quiere decir? Que si no puedes evitar ser ofendido, sí puedes evitar sentirte ofendido. La gente puede decir lo que se le antoje, pero esa es sólo una opinión, no la del mundo entero, ni la tuya, ni la de Dios, que es la más importante. Si alguien te dice: “Eres un tonto, un estúpido y una basura”. Muy bien, esa es su opinión, y aunque no la compartas debes respetarla.

Y no por eso te vas a ir a los puños ni te echarás a llorar como una Cenicienta. Lo que debes hacer es asumir ese momento con sabiduría. Y no se te ocurra bajar la mirada, por el contrario, sin ser desafiante ni sentirte humillado, mira con serenidad a tu ofensor y demuéstrale que ni te enojaste, ni te pusiste nervioso, ni se te aguaron los ojos. Apresúrate luego a ponerle un freno a tu lengua, pues es rebelde, no se somete fácilmente y va a querer pronunciar estupideces peores que las que escuchaste.

Tu actitud sorprenderá a tu victimario, quien esperaba verte chocado emocionalmente. Aprovecha su desconcierto y explícale con un mínimo de palabras que aunque respetas su opinión no la compartes. Es de esta manera que decides que no te comerás la basura que te han servido. Cuando ya estés a solas podrás desahogarte de manera inteligente y analizando fríamente las ofensas, por si diste algún motivo. Y si descubres que sí diste el motivo, entonces, con entusiasmo, reconoce tu error, pide perdón y enmienda la falla.

El apóstol Pedro aconseja estar listos a presentar defensa con mansedumbre, respeto y buena conciencia. De esta forma el que habla mal de nosotros quedará avergonzado. ¡Oye! Si Dios permitió que alguien te ofendiera, tómalo con calma, pues aunque esté o no justificada dicha ofensa, ella te ayudará a templar tu carácter.

 

Tomado de:
“Devocionales en Pijama”
de Donizetti Barrios
Derechos reservados de autor.

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